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Documentos Eclesiales

"Al comienzo del nuevo milenio"
Presentación de la carta apostólica del Papa Juan Pablo II con motivo de la clausura del Jubileo.
Sábado 6 de enero de 2001

La carta apostólica NOVO MILLENNIO INEUNTE ha sido firmada por el Papa en la plaza de San Pedro el 6 de enero de 2001, en la solemnidad de la Epifanía, con ocasión del cierre de la Puerta Santa.
El documento extrae las conclusiones del Año jubilar.
Muestra a una Iglesia que, después de un año de intensas experiencias espirituales, se siente llamada a "avanzar mar adentro" según la orden dada por Jesús a Pedro (cf. Lucas 5,4) afrontando los desafíos del futuro.
La Carta está articulada en cuatro capítulos, con un único hilo conductor: Cristo.

1. La herencia del Gran Jubileo: el encuentro con Cristo
El primer capítulo, el encuentro con Cristo, herencia del gran Jubileo, nos lleva al campo de la memoria.
Juan Pablo II relee los acontecimientos principales del año jubilar, no tanto para hacer un balance del mismo como para elevar un himno de alabanza y al mismo tiempo "descifrar" los mensajes que el Espíritu de Dios ha enviado a la Iglesia durante este año de gracia.
Es así que son evocados ciertos momentos significativos: desde el gran preámbulo ecuménico en la Basílica de San Pablo al acto intenso de "purificación de la memoria", desde la peregrinación a Tierra Santa a los numerosos encuentros con las personas de categorías más diversas.
Una mención especial está reservada a los jóvenes, cuyo Jubileo ha sido muy impresionante, apelando a un compromiso todavía más audaz en el trabajo pastoral con las nuevas generaciones.
Más allá de los acontecimientos externos, el gran Jubileo es visto por el Papa Juan Pablo II como un acontecimiento de gracia, con la esperanza de que haya tocado el corazón a innumerables personas, orientándolas hacia un camino de conversión.
El título mismo de este capítulo expresa muy bien la conclusión a la que el Papa llega: el encuentro renovado con Cristo es la verdadera "herencia" del jubileo, que es preciso ahora atesorar e invertir para el futuro.

2. Contemplar el rostro de Cristo
El segundo capítulo: "un rostro que hay que contemplar". Esto supone una fuerte inspiración contemplativa. Antes de mirar el porvenir, en términos inmediatamente operativos, el Papa invita a no abandonar la contemplación del misterio de Cristo, más aún, a profundizarla, manteniendo los ojos fijos en su rostro. En efecto, existe el riesgo que el mismo Jesús ha señalado a Marta en Betania "tú te inquietas y fatigas por muchas cosas" Lucas 10,41): es decir, lanzarse perdidamente a la actividad pastoral, olvidándose de que su fuente de alimentación es la contemplación.
La Iglesia debe buscar allí su alimento. De ahí que todo este capítulo está referido al misterio de Cristo en sus dimensiones fundamentales. Eso no significa que se trate de un tratado doctrinal, sino simplemente de que resuene otra vez la exclamación de Pedro en la confesión de Cesarea de Filipo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mateo 16,16) y vuelva a ser propuesta de nuevo a toda la Iglesia como fundamento permanente.
La carta se pone a bosquejar, ante todo, los rasgos históricos de Cristo, subrayando la veracidad y la credibilidad de los documentos evangélicos.
A continuación, se sumerge en la contemplación del rostro de Cristo, en la profundidad de su misterio divino y humano, y señala su autoconciencia divina, que persiste incluso en el momento dramático de la Cruz. Para finalizar fijando su mirada en el esplendor de la resurrección.

3. Caminar desde Cristo
Vienen después dos capítulos que van directamente al terreno de los programas.
El tercero, volviendo a partir desde Cristo, comienza con un llamado a las iglesias locales, invitándolas a continuar y profundizar su programación pastoral según las exigencias de los diferentes contextos.
La carta no se propone pues trazar una especie de plan pastoral para toda la Iglesia, sino que se limita a indicar algunas urgencias y algunas prioridades.
El capítulo insiste en la necesidad de orientar la pastoral cristiana hacia una sólida experiencia de fe, que haga florecer la santidad, en la línea trazada por el capítulo 5 de la Lumen Gentium ("La vocación universal a la santidad").
Es a eso a lo que debe apuntar la pedagogía eclesial, proponiendo ideales elevados, y no contentándose con una religiosidad mediocre.
De ahí la necesidad de hacer redescubrir la oración en la profundidad a la que la experiencia cristiana de Dios es capaz de conducirla, sobre la base del rico patrimonio pastoral y místico de dos mil años de historia.
Oración personal, pero sobre todo comunitaria, a partir de la oración litúrgica, "fuente y cima" de la vida eclesial.
El Papa invita especialmente a recuperar el domingo, la Pascua semanal, de modo que la eucaristía sea el corazón del mismo.
Viene después la invitación a volver a proponer con mucha fuerza el sacramento de la Reconciliación.
El Jubileo ha demostrado que este sacramento es capaz, bien presentado y cuidado, de remontar la crisis que parecía irremediable en estos últimos decenios.
El Papa termina recordando la primacía de la escucha de la Palabra de Dios, que es el alma de todo lo demás, de lo que lógicamente se desprende el deber de anunciarla. La "nueva evangelización", reclamo tan a menudo repetido en los últimos años, sigue siendo después del Jubileo, más urgente que nunca.

4. Testigos del amor
El último capítulo - Testigos del amor - prosigue el tema de la programación pastoral bajo el aspecto de la comunión, de la caridad, del testimonio en el mundo.
La comunión, redescubierta por el Concilio Vaticano II como categoría central para captar el misterio mismo de la Iglesia, es propuesta por el Papa a partir de su aspecto espiritual y seguidamente en las exigencias concretas que se desprenden de la misma.
Hay en la Iglesia lugares e instrumentos de comunión que tienen un perfil institucional bien definido y deben ser conservados y estimulados. A propósito de esto la Carta hace alusión a las múltiples instituciones (Sínodos, Conferencias Episcopales, Consejos Presbiterales y Pastorales), presentes en la Iglesia universal y en las Iglesias particulares, subrayando sin embargo que todas ellas no serían más que estructuras sin alma si no tuvieran una "espiritualidad de comunión", es decir, si no tuvieran la capacidad de percibir la comunión como un don de lo alto y al mismo tiempo no lo vivieran en términos de relaciones fraternas, en la estima y la acogida de los dones de cada uno.
Entre los compromisos que no deben faltar está el del ecumenismo, para vivir cada día más, con todos nuestros hermanos en la fe, la plena unidad que la Iglesia posee ya misteriosamente en Cristo.
Se abre así el espacio inmenso de la caridad fraterna, como el gran desafío de la pastoral.
El Papa hace mención a los múltiples desafíos que tiene la Iglesia, y la impulsa a convertirse, con una "imaginación" y generosidad renovadas, en la expresión del amor concreto de Dios en el medio de las más diversas situaciones de sufrimiento e indigencia.
Aquí ocupa su lugar también el "signo" de caridad que el Papa desea quede como fruto y memoria del año jubilar.
Con las ofrendas que el Vaticano ha recibido durante el Jubileo, una vez saldadas las cuentas de los gastos efectuados, se concretará en Roma una obra que sea un símbolo del florecimiento de la caridad que la Iglesia universal deberá seguir practicando en el nuevo milenio.
El último tema es el del testimonio valiente que los cristianos deben dar en todos los sectores de la vida social y cultural, sobre todo allí donde el fermento evangélico es más urgente: las cuestiones concernientes a la familia y la salvaguardia de la vida, a los problemas planteados por los desastres ecológicos y por las experimentaciones científicas privadas de referencias éticas.
Entre los testimonios que no hay que descuidar se encuentra el que los cristianos deben dar, a la luz de las enseñanzas conciliares, con respecto al diálogo interreligioso.
Sin disminuir el deber de anunciar el evangelio, el diálogo sigue siendo una línea directriz importante para el crecimiento de todos en la búsqueda de la verdad y en la promoción de la paz.

La puerta viva que se abre a todos: Cristo.
La Carta termina, como había empezado, evocando la invitación hecha por Jesús a Pedro en el episodio de la pesca milagrosa: "Duc in altum!" ("¡Navega mar adentro!").
La Puerta Santa se cierra, pero la "puerta viva", Cristo Jesús, simbolizado por ella, permanece más que nunca abierta. La Iglesia no vuelve al gris de lo rutinario, después del entusiasmo jubilar. Al contrario, se aguarda un nuevo empuje apostólico, animado y sostenido por la confianza en la presencia de Cristo y en la fuerza del Espíritu.

Juan Pablo II

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